Este relato lleva entre sus líneas un dulce momento, un lugar donde ambos se conocieron, miradas esquivas al principio, pero fueron estas las que encendieron un deseo prohibido. ¿Acaso el destino caprichoso se habrá encargado de unirlos? Aunque no de manera eterna, pero sí que lleno esta relación con seducción, encuentros llenos de energía, momentos duraderos con resistencia física y ganas acumuladas, la poca experiencia de la juventud, sumada a la madurez, dieron como resultado noches inagotables de pasión.

¿Qué los unió? El alquiler de una habitación, este joven buscaba una y ella la tenía.
Cuando ambos se conocieron, ella estaba a puertas del divorcio inminente, las múltiples discusiones y la falta de respeto, ocasionó que Gabriela decidiera poner un punto final. Por circunstancias de la vida, se mantuvieron en el más absoluto respeto, ninguno quería ventilar esta delicada situación, aún estaban casados, en papeles, porque en la práctica, hacía mucho tiempo que ya no sucedía nada en su habitación.
La llegada de Jorge a la vida de Gabriela fue un antes y un después, el día que precede a la noche, podríamos decir que es la respuesta de eso que deseaba, quizás dentro de sus pensamientos, buscaba a esa persona capaz de sacarla de la rutina.
Los primeros días de convivencia, Jorge notó en su mirada una profunda tristeza, ella renegaba de su mala suerte, nada le hacía entender que las cosas siempre suceden por algo, aunque no sean visibles.
Los encuentros casuales en la cocina, roces, conversaciones, es lo que dio inicio hacia nuevas emociones, pensamientos antes no permitidos, deseos ocultos.
Gabriela mejoraba con el pasar de los días, empezaba a dar sus primeros pasos hacia la liberación emocional, llegando incluso a dejar pasar todo por delante sin que la atropelle la culpa, si es que en algo la tenía, ella cumplió como fiel esposa, tenía claro que lo dio todo por salvar un matrimonio que tristemente llegaba a su fin.
La enorme soledad que la acompañaba en este departamento, se reemplazó por tierna compañía y noches agradables con copas de vino, la fatiga de enfrentar un nuevo día, se transformó en nuevas razones para permitirse soñar, imaginar y sentir. La sensación de no importarle a nadie, se vio reemplazada por una inmensa atención de ser escuchada, admirada y deseada.
Jorge y Gabriela se sintieron tiernamente atraídos, ella, una sexy mujer de ojos vivaces, silueta contorneada y voz agradable, la madurez en plena efervescencia, sus detallados rasgos físicos, no pasaban desapercibidos ante los ojos de su joven inquilino, su naturalidad para mantenerse hermosa cada día, la hacían digna de elogios.
Y ahora, estaba dispuesta a continuar con sus ganas de seguir adelante, se regalaba una nueva oportunidad, sin darse cuenta, se había olvidado lo maravillosa que era la vida, en cierta manera, alentada por los consejos de este joven veinteañero.
Para Jorge, fue imposible no rendirse ante su belleza y madurez, lo que dio inicio a una relación placentera que solo ambos conocerían.
Sentirse atraídos fue inevitable, tantas charlas a las luces de los últimos rayos del sol, largas horas sentados en el sofá, siempre solos, la pequeña sala-comedor fue cómplice de sus intenciones. Ellos habían encontrado una complicidad mutua, disfrutaban de los pocos momentos a solas, muchas veces, llegando a susurrarse al oído, por la vergüenza a ser escuchados por alguien más.
La manera que liberaron sus sentimientos los había unido, ambos deseaban pasar al siguiente nivel, las palabras y el silencio eran cómplices en estas noches cubiertas de tensión pasional. Aliviar la resequedad de sus labios, podría haber sido un buen inicio, ganas se tenían, esos besos húmedos hubieran acelerado la entrega corporal que ambos deseaban, sentir la piel del otro, con suaves y excitantes caricias, esto los hubiera dejado expuestos al placer que rondaba sus cuerpos.
Pero, en esos momentos la situación no estaba clara y ambos lo entendían, si bien es cierto, estaba separada desde hacía mucho tiempo, pero aún era una mujer casada, pero eso no la eximía de sentir, desear y querer amar nuevamente.
Las ganas que tenían por estar juntos, tendrían que esperar, —parece que así lo quería el destino— no era el momento ideal para un romance entre ambos.
La relación matrimonial parecía cambiar de ritmo entre Gabriela y su esposo, no estaba interesado por estar en medio de ambos, esto quizás, podría pasar como una posible aventura, un romance incompleto, una relación sin un final feliz.
¡Vaya pena!.
Así que Jorge optó por abandonar la habitación que había alquilado en su piso.
—Después de seis largos meses, ambos vuelven a encontrarse, una carta notarial en manos de Gabriela es la llave que podría abrir una relación pausada entre ellos—.
Las miradas y el brillo en sus ojos, vuelven a encender esa conexión que los mantenía unidos, ahora, ambos deciden retomar aquellas noches de conversaciones, noches que habían provocado la pasión entre ambos y ahora con el pasar de los meses, todo parecía estar dispuesto.
Sus delineadas figuras en la pequeña sala, sonrisas cómplices, jugaban un papel decisivo en este excitante juego del romance. Ninguno quería expresar sus sentimientos, había temor de un rechazo, una mala noticia, una tercera persona, pero las miradas eran evidentes, había tensión en cada palabra, el ambiente se tornaba romántico, perfecto para un reencuentro.
No hizo falta seguir buscando, ocultar un sentimiento, algo que ambos habían alimentado desde el día que se conocieron emocionalmente, las palabras se iban terminando, pero el deseo por seguir juntos un rato más, empezaba por acortar la distancia entre ambos. Lo fácil que fue sentirse atraídos, aún en el tonteo de manos y miradas, nada los podía separar, estaban cayendo en los brazos de la ternura y el romance, era palpable la complicidad que había entre ambos.
—Sabían que estaban solos, la intriga en saber que había pasado, es lo que no les dejaba seguir, las palabras se repetían, el tiempo avanzaba, la noche caía, las ganas crecían y el deseo aumentaba—.
Mirar hacia el pasillo de forma sutil, con la mirada puesta en la puerta que da a la habitación principal, fue el claro mensaje que debían interpretar, quizás ahí estaba lo que tanto deseaban y esta tarde de reencuentro, sería el momento ideal. Sus pasos recorrieron aquellos pocos metros, nada se interpondría, sus cuerpos caminando en paralelo hacia el final del pasillo, y sus miradas de lado, observando que ninguno cambie de dirección. La puerta cada vez más cerca, la respiración agitaba sus pechos, era una carrera emocional, las ganas por llegar hasta ese punto, los hacia sonreír con cierto nerviosismo.
A escasos centímetros de entrar en la habitación, Jorge permitió que Gabriela lo adelante, la habitación los esperaba, la sencillez por convencerlo de que todo estaba bien, fue tierna y discreta, su mirada marcó el camino que debía seguir y su mano, señalo donde debían reposar sus cuerpos. Los suspiros en ambos pechos, invadieron el silencio de esta habitación poco iluminada, las ráfagas de aire por la ventana los hacía sentirse frescos, pero el calor que había en sus cuerpos, los obligaba a desprenderse de sus prendas.
Después de sortear botones, broches y vaqueros, Gabriela apareció deslumbrante en su lencería negra: un conjunto sensual que se adhería de manera perfecta a su figura. Los besos se tornaron más apasionados, los abrazos más intensos. Era solo el preludio de una noche inevitable; la pasión los esperaba desde hacía mucho tiempo. Finalmente, sus cuerpos desnudos liberaron aquella pasión acumulada y después de eso, reposaron en calma, envueltos en libertad.
La cama, con sábanas blancas, fue el escenario donde sus cuerpos se unieron, sellando así aquel reencuentro. El ambiente, decorado para una nueva vida, había sido aprovechado con intensidad. Ambos lo compartieron de forma apasionada, guiados por la dulce fuerza de una atracción inevitable, sabían que este momento marcaba el inicio de algo capaz de cambiar sus días.
Nadie habló de una relación. Quizá era mejor así. Prefirieron entregarse al instante, sin preguntas, sin promesas. Repitieron aquel encuentro una y otra vez, como si el tiempo se detuviera entre caricias y suspiros. La pasión juvenil y las ganas reprimidas fueron la mezcla exacta para alcanzar el placer en sus cuerpos.
Exploraron, compartieron, se rindieron el uno al otro en cada rincón de la cama. Al final, a pesar de todo, eran dos almas con sed de vida, de piel, de historia. Juventud y experiencia unidas en un reencuentro que no pedía explicaciones.
Y así terminó ese reencuentro. Con sus cuerpos entrelazados, sin palabras innecesarias, pero con la certeza de haber vivido algo que deja huella.
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