Los tiempos de frío se iban terminando, estar abrigaditos y beber pausadamente un café en la terraza de un bar, deberían esperar, estaba claro que se echarían de menos aquellas tardes. Pero ahora, con el calor y las altas temperaturas, también hay que saber disfrutar del tiempo, sobre todo en las formas de vestir: pantalones cortos, prendas ligeras, camisetas mínimas. Todo ligerito y con mucha imaginación para distinguir colores y texturas.
Aquella tarde me acerque a la JOYERIA MARTHA para cambiarle la pila a mi reloj. No debería tomar más de cinco minutos, pensé, lo digo porque no era una maquinaria sofisticada. Pero al entrar y ver a la dependienta del lugar en una falda de jean celeste, dejando al descubierto sus hermosas piernas, desearía haber tenido en ese momento un reloj suizo de colección que requiriera horas de inspección.
Seguí sus movimientos con la mirada, disimulada pero atenta. El local era pequeño, no había más clientes que yo, y del otro lado del mostrador, tras una pared con repisas repletas de joyas y espejos, apareció otra mujer.
Por el parecido entre ambas, era evidente que podía ser la madre de la dependienta.
La conversación fluyó de manera espontánea: un poco sobre los medios de pago, el cambio de clima, lo bien que sienta ya un poco de vida en las calles —en clara alusión a las caderas de esta—. Nadie pareció notar mi broma camuflada.
Logré entablar una conversación directa con Martha, la dependienta —pregunté su nombre—. Le conté algo anecdótico sobre el reloj que tenía en sus manos: lo había pedido por Amazon, y a las dos semanas ya no marcaba la hora. Ella también compartió sus propias anécdotas con relojes rebeldes.
Mientras hablábamos, mi mirada, aunque interesada, se movía entre ella y su madre.
Esa falda le caía sobre las caderas de manera perfecta, sus piernas morenas tenían un resplandor dorado bajo las luces amarillas del rincón donde trabajaba. Alguna criatura voladora merodeaba por allí, porque la vi cruzar las piernas varias veces, regalándome un espectáculo privado y silencioso.
Martha se percató de que no tenía la batería adecuada para mi reloj y, sin más, salió del local para llamar a su proveedor, fue entonces cuando su madre, con total naturalidad, tomó el control de la situación.
Se acercó con paso firme y una mirada que parecía leerme el pensamiento, y con voz serena me pidió amablemente que regresara otro día.
Justo en ese momento, Martha volvió al local; abrió los ojos, visiblemente sorprendida, como si algo se hubiera anticipado sin ella. Su madre, sin necesidad de palabras, deslizó una sonrisa que contenía un secreto bien guardado, ambas cruzaron una mirada cómplice y compartieron un gesto apenas disimulado.
No entendí del todo aquella mueca, pero mi mente traviesa tomó nota, había algo más en juego, algo que pronto descubriría.
En aquel momento no hice caso a esa sonrisa que ambas dejaron caer como pista. No me percaté sinceramente, mi atención estaba en otra parte. Yo ahí, tratando de conquistar a alguien, y resulta que ahora me había convertido en la presa.
¿Era yo quien estaba en problemas? y no por sustraer algo que no era mío, más bien todo lo contrario: me había convertido sin yo saberlo, en el objetivo de la madre.
De todas maneras, acepté el reto, desafié la mirada de aquella mujer, mis lecturas sobre cómo tener el control de una situación salieron a mi rescate, alejándome de la ingenuidad, total, ambas eran preciosas, puedo decir que salí ganando.
Salí de ahí con la única intención de respirar aire fresco, debo confesar que mis vaqueros apretaban mi órgano sexual, y esperaba que fuera obvio. Con la promesa de volver en dos días, caminé hacia la salida algo confundido, sí, pero con el pecho hinchado.
Había conseguido algo sin proponérmelo. Me habían escogido. Que también es alentador, las cosas como son.
Al cabo de esas 48 horas —que para no mentir, se me hicieron eternas— volví. Había elegido una camiseta ajustada que marcara mi trabajo en el gimnasio, unos vaqueros negros y unos mocasines. La colonia era de fragancia fresca, lo ideal para ese calor que prometía castigarnos a todos los mortales. Al llegar a la “Joyería Martha”, vi a la madre de espaldas, intentando alcanzar unas lámparas de cobre desde lo alto de una repisa.
La vista me dejó sorprendido, si la hija estaba tan bien proporcionada, ahora estaba claro de dónde venía la genética.
Sin apartar la mirada, ella dio un pequeño paso más cerca, tan cerca que el calor de su cuerpo casi se fusionaba con el mío. Sus manos, delicadas pero firmes, se apoyaron suavemente en el borde del mostrador, marcando territorio, como si quisiera recordarme que ahora el juego había cambiado.
No es común que alguien vuelva con tanta seguridad —susurró—, con esa mezcla de diversión y retadora mirada que no pude evitar encontrarla irresistible.
Mi pulso se aceleró y, sin pensarlo, respondí con una sonrisa que buscaba igualar su complicidad. La distancia entre ambos se redujo sin que ninguno de los dos diera un paso atrás. Ella inclinó la cabeza, su cabello cayendo en cascada sobre un hombro, dejando al descubierto el perfil suave y fuerte de su cuello, un lugar donde me apetecía dar un beso.
Espero que estés listo —advirtió, con un brillo travieso en sus ojos—. Que te parece si cierras la puerta, no queremos interrupciones, ¿verdad?
El silencio que siguió fue cómplice, denso y prometedor, mientras los minutos parecían detenerse, la puerta de la Joyería quedó cerrada a cualquier intruso.
Su vestido floreado cayó suavemente sobre la alfombra rayada, revelando unas ligas rojas que abrazaban sus piernas con sensualidad.
Con las puertas cerradas, entendí al fin aquellas miradas cómplices, ¡todo había sido planeado! ambas sabían que ese día la Joyería no abriría y, aun así, me habían pedido volver.
Fue entonces cuando sus manos se posaron firmemente en mi cintura, el aroma de su piel, tan cercano al mío, me embriagó con una mezcla de deseo y desconcierto, reaccioné desde el instinto, dejándome llevar por lo que su cuerpo dictaba: si ella buscaba mis labios, yo los entregaría. Si sus dedos me descubrían, los míos harían lo mismo.
Estar al lado de esta madura mujer no me sorprendió, sino la naturalidad con la que se entregaba, como si el tiempo nos debiera ese encuentro.
Su vestido floreado cayó suavemente sobre la alfombra rayada, revelando unas ligas rojas que abrazaban sus piernas con sensualidad. El sujetador de encaje negro mostraba más de lo que podría insinuar, dejando entrever unas aureolas oscuras que hablaban por sí solas del deseo contenido. Todo era sugerente, íntimo, inesperado, como una joya bien escondida.
Tras una larga tarde piel con piel, nuestros cuerpos recorrieron casi cada rincón del lugar. La pasión nos guiaba, pero tuvimos la cordura de evitar las vitrinas: el deseo puede ser salvaje, pero no imprudente. Su experiencia me envolvía por completo, aunque alcancé el clímax pronto, logré recuperarme y devolverle cada caricia.
Sus gemidos se ahogaban en mi cuerpo; mi pecho firme, era la roca donde naufragaban sus gritos de placer.
Sabía que por seguridad había cámaras en la Joyería, pero aquella tarde estaban inactivas. Al terminar de cambiarnos, mis ojos captaron un pequeño destello oculto tras una repisa: una cámara espía que no debía estar ahí, mi mirada asombrada no pasó desapercibida, los últimos besos hicieron que aquel descubrimiento solo fuera un desliz, no hubo más importancia sobre el tema.
¿Quién podría estar grabando? Además con que motivo.
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