Juan tenía 25 años cuando se mudó a Madrid. Editor fotográfico, amante de los detalles, de la luz bien medida y los silencios que capturan instantes que nadie más ve. Por motivos laborales, había conseguido una oportunidad temporal en una agencia de publicidad. Se trataba de un contrato temporal, y con ese mismo límite de tiempo, alquiló una habitación; una zona fuera del centro, casa amplia y por la primera impresión que tuvo al llegar, parecía vivir poca gente.
Sara, la dueña, una mujer de unos cuarenta años, de curvas generosas muy proporcionadas, piel morena, ojos expresivos y una sonrisa que aparecía solo cuando ella quería. Juan la describiría como amable, reservada, siempre correcta. Ella vivía con su hijo, ya mayor de edad, arriba de los 20 años, quien en esos primeros meses pasaba poco tiempo en casa, pero fue durante el tercer mes que partió, al parecer, se mudaba a casa de la novia, además muy cerca de ahí.
—Desde entonces, la casa se volvió más silenciosa.—
Juan había adquirido una rutina diaria: levantarse temprano, ducha rápida, salir con su mochila, portátil y su cámara. Volvía al atardecer, cansado pero satisfecho, y subía a su habitación sin más interacción que un “buenas noches” si llegaba a cruzarse con Sara. En casa todo estaba siempre ordenado, limpio, neutral. Hasta que el cambio de estación comenzó a notarse.
Con la llegada de la primavera, las ventanas permanecían abiertas, los días se alargaban, y Sara empezó a vestirse diferente. Vestidos de algodón, ligeros, sin mangas, pantalonetas ajustadas marcando sus contorneadas piernas, camisetas que se ceñían a su pecho con descaro involuntario, Juan intentaba no mirar, pero las casualidades siempre estaban ahí. Ahora su atención se distraía con detalles como el aroma de su perfume, el movimiento de su cabello recogido con descuido, la forma que se agachaba para tomar algo de debajo de la despensa.
Y ella… ¿Acaso no se daba cuenta que la observaban? ¿O lo hacía a propósito?
Una noche —como tantas—, Juan tenía la puerta entreabierta de su habitación, el calor del medio día seguía atrapado en esas cuatro paredes, mientras editaba una sesión de fotos, la luz de su portátil iluminaba su rostro, de pura coincidencia, vio la figura de Sara caminar por el pasillo, vestía una camiseta blanca y una ajustada pantaloneta deportiva. Juan la vio de reojo, pero no pudo evitar seguir sus pasos con la mirada, en ese instante ocurrió algo distinto, Sara giró lentamente su cabeza, sus cabellos ondearon con leve movimiento, ella echó una mirada hacia los ojos de Juan, —adivinaba que la observaba—.
No fue una casualidad, fue una pausa medida, silenciosa, una duda que quedó flotando en sus mentes. Juan contuvo la respiración.
No hubo palabras, solo ese cruce de miradas cargadas de energía, la poca luz, el torso desnudo de él y las prendas de ella, dio paso a nuevas sensaciones, ambos habían coincidido. Esto podría tratarse de una simple coincidencia, pero en algo noto la diferencia, no era la simple casualidad del momento, el empezaba a imaginar cosas en su cabeza y esa misma noche, después de una breve reflexión sobre lo sucedido, decidió apagar todo y descansar.
Al día siguiente, más temprano que de costumbre, abandono la trinchera donde había pasado una noche con muchas interrogantes; ¿Si le pido disculpas? ¿Qué habrá pensado? ¿Espera algo de mí?. Toalla en mano se dirigió al baño como parte de su rutina, buscando en la ducha su forma habitual de comenzar el día: agua fría, mente clara. Pero en este ambiente algo detuvo este ritual.
Al abrir la puerta del baño sintió el aroma fresco, casi que era palpable, una mezcla de aroma cálido y dulce que no venía del jabón. Era un perfume íntimo, inconfundible, olía a fragancia de mujer. El aire todavía conservaba el rastro de Sara, como si acabara de salir de allí. Juan, aun no se había percatado de una cosa, despojándose de sus prendas y totalmente desnudo se metió a la bañera y entonces la vio: una braga negra, colgada descuidadamente en la llave de la ducha, aún húmeda, goteando.
Fue un instante extraño, durante todo este tiempo de convivencia, jamás había ocurrido un descuido en estas prendas por parte de Sara, ella siempre bien recatada, cuidaba esos detalles, sus prendas íntimas las lavaba durante la noche y por la mañana antes que nadie, las recogía. Juan no pudo apartar la mirada, esa prenda de encaje, un accesorio tan personal para ella, lo había descolocado.
Intentó convencerse de que no pasaba nada, que era un descuido, debía ignorarla y ducharse sin pensar demasiado. Pero su cuerpo no obedecía a la lógica, su excitación fue inmediata, casi dolorosa, la tomó con las yemas de sus dedos, apenas si podía sujetarla, tembloroso de cintura para abajo, en ese momento sentía que cruzaba una frontera invisible.
Abrió la regadera, el agua comenzó a caer, pero ya no había frescura, solo calor, confusión, deseo. Su respiración desacelero para que no lo oyesen, su mano descendió por su cuerpo, resbalando con el jabón líquido. En su mente, una clara imagen: Sara de espaldas mirando por la ventana, ropa ajustada, cuerpo contorneado, mientras imaginaba esto, acariciaba la braguita negra de encaje.
—Y entonces, sin mayor control de si, sin más razón que pudiera detenerlo, alcanzó el clímax—.
La prenda íntima ya no solo estaba mojada por el agua, el calor de sus manos, el rostro de Juan enrojeció, el remordimiento llegó tan pronto como el placer se desvanecía. Un apacible respiro se apoderó de sus pensamientos, ahora debía de limpiar, tenía que dejar todo como si nada hubiese ocurrido. El agua seguía corriendo, su respiración se relajaba, su cuerpo salía del trance que lo había sacudió segundos antes.
Y justo en ese lapso de tiempo, la voz suave de Sara lo saco de aquella quietud.
¿Juan? ¿Puedo entrar? ¡Antes que te duches!
Ella no parecía haberse dado cuenta del tiempo que había pasado desde que salió y él entró al baño. Juan miró alrededor con rapidez, enjuagó la prenda, la colgó de nuevo, limpió con torpeza, inhalo fuerte por si algún aroma podría delatar su repentina excitación. Agarró la primera toalla que encontró, una demasiado pequeña, que apenas cubría su cuerpo, aún marcado por la tensión de lo ocurrido.
—S-sí… estoy saliendo —respondió con voz entrecortada.
Salió del baño intentando demostrar naturalidad, sin mirarla directamente caminó hacia su habitación, pero no pudo evitar sentir otra vez su presencia. Mientras se secaba rápidamente y se vestía, Sara volvió a pasar por el pasillo —las chanclas golpeaban el suelo de madera— intentando hacer una pausa en su puerta, pero la hora avanzaba y ambos debían partir, cada uno por su lado.
Y de nuevo, los ojos de Sara se desviaron hacia la puerta entreabierta de Juan.
Otra mirada, breve pero evidente. La segunda en menos de 24 horas.
Algo estaba ocurriendo. Algo se había activado entre ellos, y ninguno de los dos parecía dispuesto a ignorarlo por mucho más tiempo.




