Una noche más sin poder descansar cinco horas seguidas. Esto ya no me está gustando. Llamaré a mi quiropráctico para pedir una cita.
—Muy bien Sandra. Pásate el viernes al mediodía y te reviso.
Los días siguientes fueron de mucha actividad laboral. Los chavales estaban de vacaciones, los turistas llegaban a mares al local y yo pasaba más de seis horas de pie, intentando que todo marchara sobre ruedas para que aquello no terminara desbordándonos.
Qué ganas tenía de que terminara aquella semana.
—Veamos Sandra. Debemos tener en cuenta que esta lesión ha vuelto. Seguro que algún mal movimiento ha afectado de nuevo a la zona del cuarto disco y eso hace que tu espalda reaccione con dolor. Es una forma de protegerse y evitar que sigas sometiéndola a más presión.
—Empecemos con dos sesiones a la semana. Te recomiendo que hagas ejercicios para fortalecer tu espalda. Seguro que en unos meses ni recordarás este episodio.
Y así empezó todo.
Lo que creí que sería una simple rutina terminó abriendo el camino hacia una sensación placentera que antes no había experimentado.
Terapias por las mañanas, dos veces por semana durante un mes. Después me apunté al gimnasio para ir al finalizar el trabajo. Tuve que comprar ropa deportiva, preparar batidos y, tener paciencia. Mucha paciencia.
Solo quería recuperar la movilidad de mi cuerpo de una manera confiable. Llevaba demasiado tiempo esperando el momento de tomarme aquello en serio. Finalmente había llegado y, por suerte, no era demasiado tarde.
Además, ¿Qué podía tener de malo el tratamiento? Lo único que me inquietaba era volver al gimnasio.
No recordaba tener ropa deportiva adecuada para ese lugar.
La rutina hacía lo suyo. Las terapias con el doctor Motta empezaron a dar resultados desde las primeras sesiones. Me sentía mucho mejor. Despertar ya no era un problema, empezaba cada día con más confianza, dispuesta a salir y enfrentarme a todo lo que se pusiera delante.
Con el gimnasio, mi cuerpo comenzó a tonificarse. Algunas partes las sentía más firmes y eso hacía que chicos y chicas se giraran para mirarme.
Volver a aquel lugar, ahora con casi cuarenta años, se sentía bien.
Sobre todo por los halagos que empezaba a recibir.
¡Qué bien luces!.
¡Wow, qué hermosa!.
¿Vas al gym, verdad?.
Aquello me estimulaba.
Esas pequeñas expresiones levantaban mi ánimo hasta tal punto que las molestias de espalda dejaron de importarme.
Empezaba a descubrir algo nuevo.
Lo que noté fue que salía de allí cargada de una sensación de placer sexual que no sabía de dónde venía. Algo se había activado en mi cuerpo. Estar allí, sentirme observada y admirada por hombres y mujeres... no voy a mentir, me gustaba.
Antes solía cambiarme en los vestuarios, pero ahora iba directamente vestida para entrenar. Desde el trabajo caminaba pavoneándome por las calles, por el metro... Sabía que podía resultar provocador, pero me encantaba sentirme el centro de las miradas.
Con la ayuda del entrenador personal que el gimnasio ponía a nuestra disposición, empecé ejercicios para fortalecer la espalda. El progreso era lento, pero seguro.
Me apunté a yoga. Recuerdo que cerré los ojos para relajarme y terminé echándome una siesta en mitad de la clase. Me dio tanta vergüenza que no volví más.
Después probé la bici estática.
Al principio fui con cierta duda, por los rumores que se escuchaban por los pasillos. Obviamente, entre las chicas.
La primera vez fue rara.
Soy aburrida para ese tipo de rutinas y pedalear sin más me hacía sentir inquieta. Pero aquí viene lo interesante: aquel día no sentí nada. Solo fatiga en las piernas, tanto que me costó llegar hasta el sauna.
Nada de nada.
Así que supuse que aquello era simplemente un bulo.
Las terapias estaban dando resultados positivos y yo empezaba en solitario, a descubrir algo distinto.
En la segunda sesión sobre la bici pude comprobarlo. El placer apareció de manera inesperada, sin previo aviso.
Pedaleaba con el simulador de una cuesta empinada. Seguramente por la propia posición y el movimiento, rocé aquella zona tan sensible de mi intimidad.
Al principio no le presté importancia. Sentí algo, sí.
Pero, con el paso de los minutos, aquella sensación comenzó a reclamar mi atención. Ya no era la cuesta. Era algo dentro de mí que se había activado.
Dejé que el ritmo siguiera.
Con cada pedaleo, mientras intentaba coronar aquella cuesta, sentía que el placer aumentaba. No frené. El esfuerzo y aquella sensación se mezclaban hasta hacerme difícil pensar en otra cosa.
—¡Un último esfuerzo, venga! —se escuchó por los altavoces.
Para afrontar los últimos cien metros, levanté las nalgas, me situé mejor sobre aquel delgado sillín y, al volver a descender, todo cambió.
Dejé de pedalear.
Me sujeté con fuerza al manubrio y bajé la mirada hacia el suelo para que nadie pudiera descubrir lo que acababa de suceder.
Intentaba controlar aquella sensación.
Veía a las chicas de adelante sacudirse, estremecerse, abandonarse a aquello que las invadía.
No era algo que me hubiera ocurrido solo a mí.
Fueron apenas unos segundos. No creo haber permanecido mucho tiempo en aquel trance. El ritmo de la música y el movimiento de la bicicleta parecían haberse confabulado para llevar mi cuerpo un poco más lejos de lo que yo podía controlar.
Todo era confuso.
Me latía el pecho, me temblaban las piernas y sentía cómo se me arqueaba la espalda. La música fue bajando suavemente de intensidad hasta caer en el más absoluto silencio.
Entonces, algunos gemidos de placer retumbaron en aquella zona que poco a poco iba quedándose a oscuras.
Al terminar los treinta minutos de pedaleo, divididos en diferentes fases ascendentes, podía distinguir los rubores en nuestros rostros.
Esperé para salir la última, por temor a que alguien pudiera notar mi estado.
Algunas llevaban una cazadora atada a la cintura. Otras se acariciaban el rostro. Algunas sonreían y caminaban despacio, como si todavía sintieran aquel placer recorriendo su cuerpo.
Al llegar a casa, y después de volver a ducharme, un sentimiento reclamó mi atención.
Aquella noche me busqué en la intimidad de mi habitación.
Una prenda ligera de algodón era lo único que cubría mi cuerpo. Dejé encendida la luz de la mesita de noche y, poco a poco, me fui dejando llevar por aquella sensación que me había acompañado desde el gimnasio.
Era la primera vez que recurría a aquella forma de autosatisfacción.
A la mañana siguiente, y ahora sí después de haber dormido más de ocho horas seguidas, estaba completamente relajada.
Pensé en la membresía de seis meses que tenía.
Si así empezaba, no quería imaginar cómo serían los meses que todavía me quedaban por delante.
Últimamente había comprado más bragas nuevas de las que jamás habría imaginado.
Sentía que después de cada sesión necesitaba cambiarme, así que terminé llevando siempre alguna de repuesto en el bolso.
Las sesiones con el quiropráctico estaban llegando a su fin.
Un día, mientras el doctor Motta trabajaba sobre mi espalda, me dejé llevar por el calor de sus manos y por la fuerza con la que presionaba sobre mi cuerpo.
La sensación que experimenté fue intensa. Demasiado intensa para considerarla simplemente bienestar.
Aquello había llegado justo en el momento indicado y preferí dejarlo así.
Es muy guapo, conocía a su familia y, además, una cosa así ni siquiera debería pasarme por la cabeza.
Las mejoras en mi cuerpo eran evidentes.
Despertar por las mañanas volvía a ser fabuloso.
Tenía planeado apuntarme a deportes de aventura, probar algún arte marcial, comprarme una bici y salir todos los fines de semana.
Estaba con un subidón que no era normal.
Es más creo que de esa manera podría mantenerme ocupada, distraída y, sobre todo, evitar buscar a alguien que pudiera satisfacer aquellos calores internos que empezaban a dominarme.
Sería genial estar acompañada por alguien que compartiera lo mismo.
Entonces hice algo que llevaba tiempo pensando. Publiqué un anuncio para buscar un compañero de piso. 🎞
Así compartiría los gastos y, además, coloqué en el anuncio algunas de mis nuevas aficiones.
…
Una visita inesperada
Al verlo de pie en la puerta, mis ojos encontraron la posible solución a mis noches en vela.
Los dolores habían desaparecido.
Ahora eran mis sueños húmedos los que no me dejaban dormir por las noches.
Al verlo, advertí inmediatamente que aquello acabaría mal.
En el mejor de los sentidos.
Lee el relato.
Imagina que eres tú.
Hazlo realidad.












