Yo descubrí la mía, en una noche sin sueño, recordando su espalda, su olor, la tela húmeda que aún guardaba mi secreto. Soy Sara, y esta parte de mi historia sigue manchando mis sábanas… y mis ganas. No sé hasta dónde llegaré. Pero ahora ya no puedo detenerme.
No fue fácil dormirme aquella noche. Cerraba los ojos y lo veía, de espaldas, casi desnudo, como si la puerta de su habitación siguiera entreabierta solo para mí. Una parte de mí se sonrojaba. La otra se encendía sin remedio.
No recordaba sentir algo así en mucho tiempo: una excitación tranquila, madura, como un calor que se instala suave, pero profundo, justo donde no quiero que arda. Intenté enfriarlo con una ducha, con sábanas limpias, con las piernas cruzadas. Fue inútil.
Más de una ocasión desperté en mitad de la noche, sintiendo humedad en mi braga, en ese rincón donde descansa mi trasero delineado. Dos noches calurosas para mí sola, dos amaneceres con el cuerpo en guerra y la mente aún peor.
Y siempre, justo antes de volver a cerrar los ojos, la misma pregunta:
¿Si mañana viene? ¿Seré capaz de mirarlo a los ojos? ¿Y si soy yo la que no sabe parar?
Preguntas sin respuestas boicoteaban mi mente, la una de la mañana y yo seguía con los ojos hacia el infinito, tenía mis manos cruzadas en el pecho, por la tentación de que se acercaran más de la cuanta hacia mi zona intima, aquella, que no dudaba en recibirlas con total placer.
· Sobre las ocho de la mañana, llaman a la puerta.
Abrí sin pensarlo mucho. Ni siquiera miré por la mirilla. Es raro que no hayan usado el timbre, pero no había dormido lo suficiente, como para buscar explicaciones hacia algo tan trivial, ¿Quién podría ser? Alguien de pie, un sábado a estas horas de la mañana, no lo creo… excepto Javier, claro.
—¡Hola! —dijo él, con media sonrisa.
Sostuvo la mirada un segundo de más, como asegurándose de que no soñaba lo que tenía delante. Lo miré y respondí al saludo sin mucho entusiasmo, creo que haberme desvelado la noche anterior, me habían apagado las luces de la realidad, estaba ahí parada frente a él, con una camiseta corta hasta el ombligo y un pantaloncillo corto de color gris, lo justo para esta mañana de no hacer nada en casa.
A los pocos segundos, mi reflejo en el espejo de la entrada me hizo volver, en un acto reflejo intente cubrir mi ombligo, mis pechos sin sujetador, mi bajo vientre bien marcado, mis piernas, ¡joer! es que ya era tontería, Javier, ya lo había visto todo, no había casi nada que ocultar, me disculpé con una leve sonrisa, además, estaba casi recién levantada de la cama.
—Tranquila, solo subí a dejarte algo, y no llame al timbre para no hacer tanto ruido, si estabas, bien, si no me iba y ya volvería otro día, peroo, disculpa de verdad.
Espera, espera, —casi que lo interrumpí de golpe, se notaba nervioso y casi eufórico— ¿me traes algo?, dices.
Sentí su respiración algo más animada, eso nos centraba nuevamente a ambos, el fuera del marco de mi puerta y yo dentro, al extremo de la puerta abierta, era una escena rara estar así, con lo cordial que es su madre conmigo y tener a su chaval fuera de mi piso, además, así evitaría miradas curiosas o más aun, palabras que solo deberíamos saber nosotros.
¿Quieres… pasar? —pregunté, casi sin saber por qué—
—Bueno —si no molesto.
Me hice a un lado, casi contra la pared, para dejarlo entrar. Pero no esperó a que yo cerrara la puerta: estiró el brazo y la cerró él mismo. La madera golpeó suave, encajando con el silencio de la comunidad.
Me alejé pasillo adentro, tranquila, o al menos intentándolo. Ahora sí que me sentía consciente de todo, ese acto de sentir su presencia casi encima mío, acelero las palpitaciones en mi pecho, intentaba que mis caderas no se muevan tanto, que mis pies descalzos sigan una línea recta, respirar flojito y no dejar al descubierto mis pezones erectos que ya se marcaban por debajo de la camiseta. Fueron unos diez pasos hacia la entrada de la sala, pero creo que los suficientes para que admirase todo lo que este a su entera vista.
—Tee… traje esto —metiendo nervioso su mano en uno de los bolsillos de su pantalón corto— se te cayo el otro día. No sabía cómo subir y entregártelas.
¡Pues por la escalera no! —reímos— y creo que este mal chiste, rompió la tensión innecesaria que había en el ambiente.
Tomé mi braguita de su mano, rozando tímidamente sus dedos. Debo confesar que me sonrojé un poco: aún podía sentir el calor de esa braguita guardada en su bolsillo. Afuera, unos pajarillos trinaban. El microondas anunció que mi taza de leche ya estaba lista, pero ninguno de los dos respiraba con normalidad. Lo vi a punto de dar un paso atrás… y ahí lo decidí. ¿Por qué no? Era ahora o nunca. Dejé caer la braga a propósito. Ambos nos agachamos a recogerla y, con ese gesto, dejé que sus ojos lo vieran todo: mis pechos, blancos, rebotando bajo la camiseta, su respiración contenida, mi sonrisa apenas disimulada.
Javier me miró de arriba abajo. Un destello de sonrisa se le formó en la comisura de los labios.
—Gracias —le dije, invitándolo a sentarse—. ¿Quieres tomar algo? Café, agua… ¿leche?
Me fui hacia la cocina, caminé despacio, segura de que se quedaría a disfrutar la vista que generosamente le ofrecía. Al retirarme, no reparé en tocar mis nalgas y ajustar un lado de la braga que ya se me había metido. Ese gesto estaba de más, pero si quería que todo se saliera de control, debía provocarlo. No tenía tiempo para cenas o excusas: la hora avanzaba, y en cualquier momento podrían echarlo en falta.
Volví con un vaso de agua para él. No sé por qué, pero seguía sosteniendo mi braga en la otra mano. Otra vez el calor de hace dos días, otra vez esa corriente en mi cuerpo. A ver si lograba controlarme… o me soltaba del todo. Pensé en tantear el momento, pero fue Javier quien se adelantó.
—Luces hermosa esta mañana. Te queda increíble esa camiseta.
· Un silencio suave se instaló.
El aroma de su aliento se mezcló con el mío. Tomó el vaso y lo dejó en un costado del sofá. Pensé que me cogería en brazos y me llevaría a la cama para devorarme con esa torpeza salvaje de su edad. Estaba rendida a su presencia. Crucé las piernas, intentando apagar el calor que ardía entre ellas. Mi respiración agitada dejó al descubierto mis pezones, duros bajo la tela.
¿Esto estaba pasando? me pregunté, cerrando los ojos para no perder la compostura.
Los sonidos de la calle eran la música de fondo de esta danza muda. Había tensión, deseo contenido. Tantas veces nos habíamos cruzado, hablado, mirado… Nos conocíamos de cuerpo entero, pero ahora estábamos solos, y no hacía falta decir nada.
Dejé caer la braga y tomé su cara entre mis manos. Le besé los labios. Él respondió con hambre: mordiscos suaves, besos en mi cuello, manos que buscaban. Deslicé mis manos por su pecho, hasta llegar a su erección. El miembro saltó de sus pantalones, y yo, ya estaba de rodillas, esperándolo.
El morbo era tan grande que no dudé en llevármelo a la boca, recorrerlo de punta a base, saborearlo, engullirlo casi por completo. Sentí sus manos acariciar mi cabeza, primero suaves, luego más firmes, marcando el ritmo. Pronto noté esa aceleración que delataba lo inevitable.
Aparté mi boca a tiempo, y sin aviso, una descarga caliente golpeó mis labios. Un latigazo húmedo, como el chorro de una inocente pistola de agua. No pregunté nada. Lo dejé así. El líquido, escurrió por mi barbilla hasta manchar mi camiseta.
Su voz, temblorosa, rompió el silencio. Me miró a los ojos, balbuceó una disculpa. Lo callé con un leve golpe en su cadera, indicándole que era hora de volver a su piso. Tal vez, ya lo estaban buscando.
Y mientras me limpiaba la comisura de mis labios, supe que esto no era el final. Ni de lejos… A veces pienso que debí detenerme. Que aquella descarga inesperada bastaba para dejarlo en un secreto. Pero no. Hay cosas que, una vez despiertas, ya no vuelven a dormir.
Si quieres saber qué haré con este calor que todavía me quema…
Espera el próximo capítulo. Lo vas a necesitar tanto como yo.






