Soy Sara, una mujer que aprendió a esconder sus deseos bajo la rutina diaria, con la piel acostumbrada a la calma, pero el corazón siempre alerta. A mis cuarenta, creí que el fuego se había apagado, hasta que el hijo de mi vecina, despertó en mí una llama que creía dormida. Esto es solo el primer capítulo de una historia que aún arde por contarse.
Un nuevo día. 7:30 a.m.
A ver qué me depara la vida hoy… Tengo tanto por hacer, pero al menos he dormido como un bebé. Dormir solo en bragas, con este calorcito, es lo mejor que he descubierto últimamente. Pensé que lo del YouTube era una tontería, pero funciona, lo seguiré haciendo, total...
Madre mía y ahora ¿Por dónde empiezo?
Veamos, veamos, vale, primero a la terraza:
Voy recogiendo esto que ya está seco, luego tenderé lo que ha quedado en la lavadora. Después, limpiar las habitaciones, darle un repaso al baño, preparar la comida, avanzar con mis clases, darme una ducha y dejar todo listo para salir a trabajar.
Pero vamos a ver… ¿y cuándo desayuno?
¡Mierda!
Por estar pensando de más, normal que se me caigan las cosas, ¿pero una braga?…
Menos mal cayó en la terraza de Lola, sobre una de sus macetas. Bueno, tampoco es para tanto, bajaré y se la pido… ¿bajo ahora o espero?
Qué vergüenza si la ve su marido.
Espero un poco, que a estas horas todos van con prisa; la única que está libre hasta el mediodía soy yo. Sobre las diez bajaré, seguro que la vecina estará en su piso, ¿mi braga no va a subir sola?.
Qué tontería, es solo una braga… pero la más pequeña de todas las que tengo, bueno, bueno, tampoco es para tanto, no es nada del otro mundo.
A ver si me centro, que por distraída voy a romper algo y ahí sí, que tendré problemas.
Mira que rápido, las diez de la mañana, en lo que bajo, aprovecho y compro el pan, antes me asomo y veo si hay movimiento en la terraza de la vecina…
¿Pero qué cojones?
¿Y mi braga?
¿Habrá decidido subir sola, ja?
No puede ser… ¿Quién la habrá cogido? No, no, que vergüenza, bajo ahora mismo antes de que me olvide.
10:12 a.m. Toc, toc.
—Hola Lola, guapísima… Disculpa, —suspiro— se me ha caído una prenda a tu terraza, me da hasta pena decirlo… ¿Podrías mirar si está por ahí?
—¡Sara, querida! Estás en tu casa, adelante. El Uber me espera afuera, pero mi hijo está por aquí, pídele a él que te ayude, JAVIERRR, me voy, te veo luego, ayuda a Sara por favor.
—Peroo, esperaa, mejor vuelvo en otro momento…
—¡Nada de eso! Mi hijo me preguntó sobre una prenda, pero no, yo no había tendido nada estos días, hay Javier, distraído como el solo. Supusimos que podría ser tuya. Pídesela, él ya sabe.
—¿A tu hijo? En serio…
—Sí, sí. Ahora sale, pero seguro que la tiene a mano. Chau preciosa ¡te queda divina esa camiseta!
—Gracias, ok.
Y ahí me quedé yo, plantada en la entrada, sin saber qué hacer. Me devuelvo por donde vine o espero aquí mismo… Al final respiré hondo, entré despacito para no asustar a Javier.
¡Hola! —llamé una vez. Nada—
¡Holaa! —otra vez. Silencio—.
Pensé que estaría en el baño, pero tampoco me sentía tan confiada para abrir puertas. Esperé un momento. Una puerta entreabierta a la derecha… Mi curiosidad pudo más. Asomé la cabeza, conteniendo la respiración.
Y ahí estaba él.
Javier, casi desnudo. De espaldas, en calzoncillos, frente al ordenador.
Si llego unos minutos antes, lo pillo sin nada. Qué cuerpo… Cómo ha crecido este chico. Debo sacarle el doble de años, pero míralo: espalda firme, caderas marcadas, ese culo duro que tiene, macizo… está de diez. Esa mancha en su pierna derecha, debe ser de nacimiento. Me quedé ahí, parada, —conteniendo la respiración— pegada al marco de la puerta, mirándolo sin pudor. Siempre he sido curiosa, pero esto… esto es otra cosa.
Hace tiempo que no siento esta punzada en el vientre. Verlo así me desarma. Siento calor, un calor que no es el del verano. Un cosquilleo me recorre la espalda, eriza mi piel y sin darme cuenta, poso mi mano sobre mis pechos… Mi mente dibuja lo imposible, su sonrisa, sus manos, su pecho agitado, su plano vientre, y yo, rendida contra su cama.
No debería imaginar esto. Pero la idea… me humedece los labios. ¿Y si quisiera? Bastaría una palabra, un gesto, estoy a poco más de un metro de distancia. Conozco su mirada, esos abrazos prolongados, su mano que se queda un segundo de más en mi cintura cuando coincidimos en la estación de buses. Quizás siempre hubo algo… y yo nunca quise verlo.
Qué locura. Estoy aquí, observándolo. Mi cuerpo reacciona solo: una gota de sudor se desliza por mi pierna, siento un cosquilleo traidor bajo la braguita que ya no está donde me la coloque esta mañana. Mis dedos tantean, dudan, rozan… No, Sara. Contrólate por favor.
Quiero avanzar, tomarlo por la espalda, empujarlo sobre su silla, sentarme sobre él… Pero un latigazo de cordura me sacude. Estoy en casa ajena, espiando al hijo de mi vecina.
—Respiro hondo, casi en silencio—
Intento retroceder pero mi mirada no se aleja, sigue observándolo, me despego del marco de la puerta, me muevo sin hacer ruido, me limpio la mano con disimulo en la camiseta. Javier ni se entera, los cascos lo aíslan del mundo.
Piso el pasillo como una gata, salgo, cierro la puerta con cuidado. El corazón me late en la garganta, segundos de agitación sobre aquel felpudo que dice “Usted es bienvenido”… y un susurro detrás de mí, corta mi respiración. —trago saliva, uf, por los pelos—
—¿Qué pasó, Sara? ¿No está mi hijo?... ¿Hueles eso?
—No sé… llamé un par de veces, pero nadie respondió —balbuceo, casi con vergüenza—
—Qué raro. Debe estar con los cascos puestos, no se entera de nada. Pero pasa, y buscamos lo que se te haya caído.
—No, no… mejor no. Dejé la cocina encendida —lo digo sin mirarla a la cara, intentando alejarme—
—¿Y el Uber? —pregunto rápido, para salir de esta situación embarazosa—
—Bah, lo cancelé. No hacía falta. Una putada para el chico, pero qué le voy a hacer.
—Bueno… me voy, no quiero desgracias.
—¡No por favor! Ahora le digo a Javier que suba con lo que se te cayó, por cierto ¿Qué cosa es?
—Vale… una… mira… me voy, que se me derrama algo —murmuro, a la vez que huyo de la escena—
Me fui con la cara ardiendo, sintiéndome como una quinceañera cazada espiando un amor prohibido. ¿Habrá notado Lola… algo? Cuando vea la prenda, seguro la sube ella misma. Aunque… quizás prefiero que lo haga Javier.
Quizás.
Gracias por llegar hasta aquí. Si sigues leyendo, ya sabes: esto apenas comienza.







