Esa mancha quedó en mi cuello, en mi camiseta… y en mi orgullo. Ahora le toca a él saber de qué estoy hecha yo.
Hum… pensé que podría aguantar un poco más. Me equivoqué, está claro. Pero qué atrevimiento dejarme así… Correrse antes de tiempo. Esto me dejó más caliente que antes.
Qué hijo de puta —sonrio— Pero no volverá a pasar. Esto no ha terminado, Javi.
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El lunes, lo esperé temprano en la estación de buses. Yo sabía que saldría a esa hora —las ventajas de vivir encima y oír cositas—.
Llegaba con prisa, la mochila colgando de un solo hombro, el cabello revuelto… parecía recién levantado. Al verme, una extraña expresión le cruzó el rostro. Después de lo sucedido, era normal que algo de vergüenza le empañara la mirada.
Saqué mi mejor sonrisa. Me tragué el orgullo y dejé brillar los dientes afilados como una daga. Me acerqué hasta el último de la fila y le hablé:
—Tranquilo, que el bus aún no llega. Corres muy rápido… ¿siempre es así?
—¡Toma! En toda la cara, y me fui sin más—
· El primer round había comenzado.
Volví a casa a continuar con mi rutina, aunque una nueva sensación me recorría: ¿era deseo… venganza, quizás? Sabía que lo había herido. ¿O no? Puf… con lo bien que estaba mi vida rutinaria, y ahora me veía más insatisfecha que antes.
Estar con este chico solo se había convertido en una fantasía… pero después de haberme escupido la cara —perdón, es la última vez que lo menciono—, algo se alojó en mi pecho. Un nuevo impulso. Una misión clara: devolverle la moneda.
Días después, cuando ya creía haber dejado atrás aquel mal rato, lo vi subir las escaleras.
Yo regresaba de hacer unas compras. Me sorprendió. Mi rostro, aún pegado a la cerradura, enrojeció al verlo acercarse. Intenté no dar importancia al asunto… pero en esta zona solo hay dos pisos. ¿A qué venía?
Su voz me asaltó y las llaves se me cayeron al suelo.
Se abalanzó hasta mí. Las recogió rápido.
—Déjame ayudarte… por favor —dijo.
Sin pedir permiso, abrió la puerta y entró como si fuera su casa. Dejó las bolsas en la mesa de la cocina con una seguridad que me exasperaba y confundía. ¿Quién se creía que era?
Le agradecí el gesto… y le pedí que se fuera. No con gritos. Con esa voz que uno usa cuando el orgullo es lo único que sostiene el cuerpo.
—Por favor… vete de mi piso.
Me miró. No dio un paso atrás. Dio uno hacia mí.
—Quiero pedirte disculpas —dijo, sereno, con los ojos brillantes. Sonrió levemente.
No supe qué contestar. Suspiré. Rendida, otra vez, sin dar batalla. Esto ya era un juego… un cachondeo de voluntades. No tenía la menor intención de seguir perdiendo mi tiempo.
—Bueno Javier, ya está. Si lo dices por lo sucedido hace unos días… disculpas aceptadas. ¿Vale?
Quise mirarlo con desprecio, pero el cuerpo me temblaba. El estómago se me cerró. Las piernas aún se mantenían fijas, aunque no sé qué tanto resistirían sin aflojar.
—No sé qué me pasó —dijo—. Fue la excitación del momento. Como una fantasía hecha realidad.
—Pues la fantasía se ha terminado, chaval. Anda, baja… que seguro tienes deberes.
Me besó sin avisar. Sin pedir. Y le respondí como si llevara días esperando ese beso, sus manos me apretaban con inseguridad por la espalda. Sus abrazos me desarmaban, dejé que todo ocurriera sin control.
Intentó girarme hacia el pasillo, pero me detuve. Le dije que ahí no volvería a pasar nada. Entonces tomó mis llaves, y sin pensarlo mucho, me pidió bajar al piso de sus padres.
—Hasta la tarde estaremos solos —dijo.
Eso, yo no lo había contemplado. Pero ya era tarde para tomar medidas. Además… era cierto lo que decía. Ya en el piso de abajo, entre besos y caricias, terminamos en la habitación más grande. Sábanas blancas, almohadas bien organizadas. Todo lo desarreglamos con rapidez.
Sus manos levantaron mi camiseta. Mis pechos, desnudos por primera vez ante su mirada de asombro y deseo.
Mi pantalón se deslizó hasta quedar enredado en mis pies, sus dedos, ahora más seguros, me apretaban las nalgas… se colaban entre ellas, rozando ligeramente mi intimidad.
El placer era inmenso. El morbo también, sabía que esta no era su habitación. Pero no me importaba. Solo quería apagar esa llama que me quemaba por dentro.
Lo tumbé contra la cama, poseída. Volví a tener su miembro viril en mis manos… y por segunda vez, en mis labios. Había prometido no correrse antes de tiempo.
Lo succioné con delicadeza. Como si fuera una dulce golosina. No dejé que tocara mi cabeza… por precaución. Solo lo escuchaba gemir, decir mi nombre, confesar cuánto había soñado este momento. Sus ronroneos me gustaban. Tenerlo sometido de esa forma me excitaba. Y no lo negaré… yo también lo disfrutaba.
En un arranque de energía, me apartó. Se puso de pie.
Besó mi cuello… luego bajó por mis pechos, mi estómago… hasta llegar a mi braga, ya empapada. Besó la tela con devoción, luego, con suaves movimientos, la retiró. Ahora la tenía en sus manos. Y la olió profundamente.
Mis ojos no daban crédito. Una oleada de excitación me recorrió el cuerpo. Intenté quitárselas, pero no me lo permitió.
—Estas… se quedan conmigo —dijo.
Con calma las dejó sobre la cabecera, sus rodillas tocaban el suelo. Volví a intentar tomarlas, pero sus labios ya estaban sobre los míos. Sus manos alargadas llegaban hasta mi boca, callando cualquier intento de protesta. Me dejé caer sobre la cama, entregada. No advertí aquel movimiento.
Yo, al filo del colchón. Él, jugando con mi sexo completamente empapado.
La excitación era tal, que mis suspiros se intensificaban cada vez que su lengua traviesa, buscaba entre mis pliegues. Me dejé hacer suya… y también lo hice mío. Sin reglas. Sin medidas. Con ese impulso de mujer que ha contenido tanto…
…que cuando explota, ya no pregunta. Solo gime y disfruta.
Esa cama, amplia y resistente, soportó todas nuestras muestras de deseo. Minutos que no volverán. Tiempo que disfrutamos juntos. Unidos de forma imperfecta, ocasional. Pero en ese instante, olvidamos toda lógica. Solo dejamos fluir nuestros cuerpos y las ganas que por fin se liberaban.
Al terminar —casi juntos—, su esencia y la mía fluyeron hacia la nada. No quisimos correr riesgos innecesarios. Uno nunca sabe lo que puede pasar en unos meses…
Nos limpiamos con cuidado, sin dejar rastros. El acomodaba las almohadas y yo intentaba cambiarme, sin mirarlo a la cara. Y salimos de ahí, con la promesa de volver a repetirlo. Quizás no en el mismo lugar. Pero encontraríamos otro escenario.
Este encuentro fue un claro sobresaliente. Una nota mucho más alta de la que inicialmente le había puesto. Salí de la habitación aún sonrojada por el sofocón. Y al acercarnos a la puerta principal, mientras nos despedíamos con besos y promesas, le pedí que se quedara.
Había suerte si nadie nos había visto entrar. ¿Para qué perder esa ventaja?
Y fue ahí, en la cama de sus padres, donde entendí que lo que sentía no era solo rabia, ni solo deseo. Era un incendio. Y yo… le acababa de abrir la ventana.
Por la noche, todo parecía en calma.
Sara, fresca tras una ducha, se envolvía en su bata de seda. Aún sentía el sabor de la tarde en sus labios.
El timbre la sorprendió.
Sonrió. Palpitó. ¿Javier, tan pronto?
Abrió la puerta... y todo cambió.
Lola estaba allí. Seria, sin previo aviso, con una prenda negra de encaje en la mano.
—La encontré debajo de las almohadas de mi cama —dijo.
Sara tragó saliva. Sonrojada. El corazón le retumbaba.
—¿Sabes algo? —insistió Lola.
Pero antes de dejarla responder, murmuró:
—Perdona por esto... pero estoy muy confundida. No soy su madre, y lo que siento... no debería.
Sara, en silencio, la invitó a pasar.
Traería un vaso de agua, respiraría. Porque en ese instante, supo que el deseo aún no se había ido de casa.







