Este nuevo día desperté algo diferente, acalorada. Fue algo extraño, ya que no suelo tener estos episodios, pero había algo en mí que se gestaba. ¿Será porque aún, tenía en mi cabeza las imágenes vivas de la última escena sexual que vi en una web xxx? Aquella donde ella estaba atada con suaves lazos negros a los extremos de una cama con cuatro postes y un gran velo cayendo desde el techo.
En la escena, aquel fornido caballero recorría su cuerpo con la punta de la lengua, sólo recorría su piel: el cuello, las axilas, los pezones, el ombligo, su vagina perfectamente rasurada, los muslos, las rodillas, hasta la punta de los pies.
La protagonista completamente excitada, gemía y gemía, lo que hizo que tuviera orgasmos de placer en más de una ocasión.
Esa escena me acompañó desde que abrí los ojos. Al salir de la habitación, imaginé que podría ser yo quien estuviera atada a esos postes. Mis dedos traviesos sugerían una rápida acción. Mi mente impaciente no daba abasto para tanta lujuria dentro de mí. Las ideas iban de un lado a otro: ¿Fingir una baja médica? ¿Llegar tarde unas horas?
Mis pies no se decidían a salir de la habitación, uno en el pasillo y el otro aún dentro. Era tortuoso, pero ¿Cuánto podría tardar en encender el portátil y volver a ver aquel vídeo? Y dejar que todo fluyera de manera natural.
Una llamada al móvil me sacó de aquella duda placentera.
—Tía, ¿Dónde estás? Estoy esperando abajo, ¿vienes o qué?
—Joer, qué despiste, dame cinco minutos que bajo.
Y ahí salía yo, por la puerta de la finca, a enfrentar un nuevo día en la tienda de lámparas y electrodomésticos.
Sobre las doce del mediodía, llegó un chico preguntando por unas bombillas en forma de lágrima, para unas lámparas de la casa de la abuela. Lo que me fascinó, al grado de excitación, fue ver a este joven receptivo a mis insinuaciones. Dejé claro que no sólo quería venderle bombillas, sino ofrecerle algo más, gratis. Su amplia sonrisa reforzaba mi intención de seguir un flirteo directo.
Le decía cosas con doble sentido, y me sonrojaba de solo oírme:
—¿Y la abuela escuchará si hacemos ruido? Digo, mientras cambiamos las bombillas… ¿Podrás resistir estas bombillas en tus manos? —mirando mis pechos—. ¿Lo dejarás todo bien ajustado o a medias? Las bombillas, claro.
No fue hasta unos veinte minutos después que nos dimos cuenta del tiempo que había pasado. Le comenté que sobre las dos de la tarde, la tienda quedaba vacía, todos salían a comer y volvían a las cinco. Le invité a que se pasara y viéramos más bombillas. Yo siempre me quedaba para hacer caja y reponer cosas. Además, la comida me la pagaba la empresa, así que me venía bien estar un rato a solas.
Pero ahora, había una razón más para quedarme.
Efectivamente, a la hora acordada, apareció frente a la vitrina de la tienda. Pensé que sería un juego para él, que no se lo tomaría en serio, pero me equivoqué. Ahí estaba, entrando con dos botellas de Coca-Cola en la mano y una discreta erección marcándose en sus pantalones.
No perdimos el tiempo y fuimos directos hacia la trastienda. Sus manos intentaron frenar mi cuerpo, pero no dejé que las cámaras de seguridad advirtieran su presencia. Lo llevé por el pasillo de los artículos más baratos, donde sé que la cámara no funciona. Está ahí de adorno, como dicen ellos, un artículo persuasivo.
La puerta de entrada no requiere clave, ni lectura biométrica, ni escáner de retina ni huellas. Una patada y ¡listo! Se abre sin más. Dentro, todo fue rápido. Nos besamos de manera forzada, creo yo, por dar un matiz de gusto al asunto. Hasta ese momento éramos dos desconocidos. Creo que ni en Tinder pasan tan rápido las cosas, pero allí estábamos.
Yo, completamente encendida, dejaba escapar gemidos que apenas lograban contener el deseo. Mis bragas húmedas, eran prueba de una excitación que ya no se podía disimular. Mi cuerpo pedía ser tocado, invadido, mientras mi mente, ya entregada, anticipaba lo inevitable. Sus manos, torpes pero decididas, desvestían mi cuerpo con urgencia, sin pausas, con una ansiedad que me prendía aún más.
Sentí el aroma a licor en su aliento… y me alegré.
Quizá así resistiría más, porque yo ya estaba lista. Aquellas escenas de la película xxx pasaban por mi cabeza como ráfagas, avivando el fuego que ardía entre mis piernas.
No había tiempo para mucha interacción. Todo era rápido, desorganizado, descontrolado en algunos momentos. Había cajas de cartón por el suelo, un palé de madera con rollos de cables pendientes de vaciar, estanterías con artículos pasados de moda. La luz escasa era lo único romántico que podíamos rescatar, perfecta para nuestras intenciones sexuales.
Bragas abajo. No sé por qué, con solo apartarlas habría bastado, pero daba igual.
Ambos desnudos, nuestros aromas corporales se confundían con el olor a antipolillas y al deshumidificador brisa marina.
Sus manos, firmes, cargaron mi cuerpo delgado y me apoyaron contra la pared. No supe si era de concreto o de pladur, solo que estaba helada, y el contraste con mi piel encendida me sacó un suspiro entrecortado. La postura era incómoda, casi una acrobacia; parecía que nos movíamos por un gallinero, esquivando todo lo que pudiera romperse. Pero entre el desorden, su respiración se mezclaba con la mía, y sin darnos cuenta, lo que parecía un impulso se convirtió en deseo real.
Nos estábamos descubriendo en el caos. Y nos gustaba.
Nuestros besos fueron más eróticos, pausados y prolongados. Mis manos jugaban con su cabello revuelto, sus labios bajaban hasta mis pechos. Finalmente, entre tanto desorden y excitación, encontró una silla. Por suerte estaba bien, porque al caer de golpe sentí un crujido. Imaginaba que acabaríamos en el suelo, pero no fue así.
Al sentarse sobre la silla, yo me mantuve sobre sus piernas. Cogió impulso y me cargó de nuevo, mirándome a los ojos y acercándome lentamente sobre su verga, que sentía palpitar por la excitación acumulada. Sus ojos advertían que había llegado el momento. Mi mirada le dio la seguridad para empezar el folleteo, la penetración, o como queráis llamarlo.
—Buah, chaval, pero ¿Qué tienes aquí? —exclamé con ternura—. Ya estaba ensartada y llena de él. Mis uñas se aferraron a su espalda. La silla era casi perfecta, sin reposabrazos, así que podía rodearlo con las piernas.
Marcaba yo el ritmo. Tenía algo de experiencia en estos casos. Despacio para que no se corriera de inmediato, ni lento para parecer sosa. Había un ritmo placentero. Si se excitaba mucho, desaceleraba la cabalgata, lo calmaba con besos y miradas frías que lo desarmaban. Me daba pena ser así.
El momento fue largo. Me corrí una vez, y aún sentía que el chaval podría aguantar más. Me bajé de sus piernas y subí sobre la silla, dejando mi trasero a su disposición. Intentó entrar por la zona x, pero yo volteé con mirada fría y quise salir de ahí. Me pidió disculpas, diciendo que lo lamentaba. —Sonreí descaradamente—, hasta que una vez más, me penetró.
Ese vaivén me devoraba por dentro. Sentirlo entrar y salir era una mezcla de placer y desahogo. Mis manos se aferraban al respaldo de la silla, mis pechos asomaban por encima, mi espalda estaba rendida, entregada, y mi mirada perdida entre el desorden de la habitación… o quizás fija en el suelo, buscando dónde caer si todo se venía abajo. Me corrí otra vez, esta vez sin esconderlo. Lo dejé saber, con el cuerpo temblando y el suspiro rendido.
—Vamos, córrete —le dije.
Empezó un nuevo mete y saca, esta vez más acelerado, desordenado, como quien ya no busca ritmo, solo alivio. Sus convulsiones se hicieron evidentes; sus manos se aferraron a mis caderas, su rostro se apoyó contra mi espalda, empapada en sudor, imagino. Su peso me vencía, me arqueaba sin posibilidad de resistencia. Mis manos se aferraban al respaldo, casi clavando las uñas.
Fue un polvo rápido. Lo justo para un momento así. Y sí, me apagó ese incendio interno que traía. Quedé relajada, como si me hubieran quitado un peso de encima.
Nos vestimos sin prisa pero sin palabras, lo justo, lo básico. Enrollé el preservativo en un papel y lo guardé para tirarlo lejos, no quería dejar rastros que me delataran.
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No soy la primera, y tampoco seré la última.
Hay un mundo oculto de deseos que se despiertan en rincones silenciosos, lejos de las miradas que juzgan. Mientras ellos caminan sin culpas, nosotras aprendemos a callar, a disimular el fuego que llevamos dentro.
Pero cada encuentro como este es una forma de soltarme, de respirar libre, aunque sea por un rato. Porque el deseo no entiende de normas. Solo quiere sentirse, vivirse… sin miedo ni culpa.
Y tú, amigo lector… ¿te a pasado algo parecido?








