Al caminar por las calles de esta gran ciudad, es imposible ignorar el constante vaivén de personas. La mayoría —cosas de estos tiempos— va sumergida en su móvil, en su mundo paralelo, apenas atentos a no tropezar con otro transeúnte igual de ausente.
Pero basta con detenerse un segundo, al llegar a la estación de bus, a la cafetería de la esquina o a la entrada del trabajo… y ahí están ellas: piernas.
Piernas bien dibujadas, elegantes, a veces fornidas, bronceadas, lucidas sin pudor. Es una observación que se me ha vuelto casi un hábito: el cruce de esas piernas, sentadas frente a mí, convertidas en un gesto de belleza cotidiana. Muslos que se contornean bajo una falda corta, piel que asoma con naturalidad, incluso con alguna celulitis aquí y allá —nada más real, nada más cercano.
Me pregunto si ellas saben el poder que tienen cuando dejan que esas piernas hablen por sí solas. Pantalones cortos, faldas, shorts deportivos… cualquier prenda parece conspirar para que las piernas tengan siempre su propio momento de protagonismo.
Y yo —como tantos otros— no puedo evitar rendirme a la admiración.
¿Qué opinas tú?
¿Qué tienen unas piernas que a veces detienen la ciudad entera por un instante?
Te leo en los comentarios…




