Subía por las escaleras habituales para salir hacia la calle, se percibía el cansancio en más de uno, apostaría que solo tenían las ganas necesarias para llegar a casa y tumbarse. Se notaba en la secuencia de andar, las miradas, y movimientos casi intuitivos que hacían con la cabeza, eso sí, siempre fija en el móvil.
Al salir, vi a unos cuantos metros de distancia la silueta de una chica delgada, que se acercaba a los que iban por delante mío, apreciaba que algo les decía y más de uno hacia un gesto de negación con la cabeza, sin quitar la mirada del móvil. Era inevitable sortear esa presencia, yo debía tomar esa calle, supuse que estaba pidiendo, no era la primera vez que la veía por este lugar, solo que esta vez, escuché lo que decía.
No imaginé que pidiera alguna moneda de poco valor, o quizás un cigarrillo para encenderlo después. No recuerdo que aspecto llevaba en aquel momento, solo pase por su lado, intentando no caer en su mirada.
Inconscientemente me sume a la innegable negación que venía recibiendo desde hacía un momento.
Yo no llevaba efectivo, la moneda más pequeña que tenía, no quise ofrecérsela, lo sentí ofensivo hasta para mí mismo. Avancé como la mayoría que habían pasado por ahí.
—pero, sentí curiosidad por saber para que necesitaba el dinero.
Volví de regreso y con la pena a que me lanzara alguna grosería, pregunté si podría ayudarla. De haber alguna tienda abierta o gasolinera cerca, podría comprarle algo. Pero yo no conocía esa parte opuesta a mi barrio, así que asumí que todo estaba cerrado.
Hola, disculpa, es que no llevo nada de efectivo encima.
No te preocupes, gracias de todas maneras. —una sonrisa amable me desarmó, a la vez que volvía a su postura.
—Giré la cabeza en señal de buscar algo abierto, a simple vista no había nada.
Puedo comprarte algo si no es muy caro. No conozco este barrio, sé que por la zona de enfrente esta todo cerrado.
En serio, a la vuelta de este colegio, hay una tienda 24 horas.
¿En serio, mira tú no lo sabía, vamos?
Si, que creo que ya no saldrá más gente, gracias, vienes de trabajar verdad.
Si, si lo dices por las fachas que llevo, sí.
Hombre, además esa carita de cansancio.
Hoy ha estado duro, creo que tomarme algo me vendría bien.
Di que sí, a veces es mejor desconectar un poco, porque la rutina nos termina consumiendo.
Llegamos a la tienda que ella decía, efectivamente estaba abierta, al entrar se fue directamente a la nevera de bebidas y cogió dos latas de cerveza. El encargado de la tienda la miraba con desconfianza, pero se relajó cuando le dije que yo pagaría, cogí una bebida para mí y pagué por todo.
Salimos sin más, abrió una y le dio un gran sorbo.
Vamos te acompaño de regreso, no te vayas a perder. Vives por la calle Portón verdad.
Si casi al final. ¿Cómo lo sabes?
Mi ventana da a esa calle.
—Nos reímos al mismo tiempo, me pareció muy gracioso que hiciera ese comentario.
Mi nombre es Juan. Mucho gusto, ahora sé que, si llego tarde, ya tengo quién me cuide.
Rocio, me llamo Rocio.
Caminamos juntos, el silencio pasaba desapercibido por los sorbos que dábamos.
La noche apenas dejaba una corriente fresca de aire, conversamos sobre mi trabajo, le parecía interesante, —no sé qué exactamente. Que si los motores, que si las herramientas, que si los neumáticos, la velocidad. Fue agradable porque me sentía protagonista, ahí estaba yo relatando mi trabajo lo mejor que podía, para que pueda entenderme.
Al llegar a la calle Encimeras, nos detuvimos, ella fue la primera en hacerlo.
Yo debo seguir por esta, mira la tuya esta despejada.
Yo me sentía bien en su compañía, mis alarmas por alguna primera impresión habían caído, charla amena, sincera podría decirse.
Venga te acompaño a tu portal. —Insistí.
¿Ah vale, vivo aquí mismo en el número 6, mañana trabajas?
No, mañana libro, por eso me estoy tomando una de estas.
Ah es verdad, debes de conducir.
Pues sí, pero no necesariamente por eso, ya tuve algún problema con la licencia.
Siempre he querido sacármela, pero… —Una pausa cerro aquel comentario.
Eres joven aun, quiero decir, si te lo propones seguro que lo consigues.
Si claro, más adelante veré.
¿Y trabajas?
Ahora mismo no, estoy en busca de empleo, se inglés, pero nadie me llama.
En serio, vaya.
¿Qué pasa, que te sorprende?
Nada tranquila, lo digo porque sabiendo ese idioma, seguro tendrás más oportunidades.
En teoría debería, pero el sistema no funciona como creemos.
Bueno, un poco de paciencia, yo pase por lo mismo, casi seis meses sin ninguna llamada para trabajar.
En serio. ¿Oye quieres subir?, necesito usar el baño pronto, o me haré pis aquí mismo.
¡Si no molesto!
Para nada, así nos terminamos las bebidas. Y ya que mañana no trabajamos... —risas
Vale, déjame te cojo las bebidas y así abres tranquila.
En ese momento, no lo pensé tanto, efectivo no llevaba y lo único de valor que podría perder eran los documentos, nada más, claro está la integridad mía, pero por esas curiosidades de la vida, decidí acceder a su invitación.
Dentro del portal, debo de confesar que la entrada fue algo anecdótica, la puerta se abre con fuerza, tiene una maña que seguro la saben solo los que viven en esta finca. Además, se sentía un aroma a bajante de tubería, que peste pensé.
Tápate la nariz, que este olor lleva varios días y nadie viene a reparar la bajante.
Pues sí, esta fuerte, lleváis mucho así.
Sí, pero como aquí todo va como va, lo solucionaran en algún momento. Vamos que son muchos escalones, date prisa que me meo.
No hay ascensor.
Si hombre, ahora lo llamamos. Cuidado con los peldaños que son cortos y encima hay poca luz.
Lo tenéis todo no.
Sí, es una maravilla vivir aquí.
Subimos hasta el tercero, llegamos a la puerta que supuse seria su vivienda, se agacho y bajo el felpudo de BIENVENIDOS, cogió la llave para abrir su puerta.
Anda que cómodo. —dije minimizando el momento.
Ya las he perdido varias veces, aquí está más segura. La del portal no me preocupa, llamo a mi madre que vive en el segundo y me abre.
—Abrió la puerta, y al pasar, me pidió que me pusiera cómodo.
Deja la mochila donde quieras, no se perderá. Te lo prometo.
Que graciosa, gracias.
Ahora vuelvo. —se metió al baño y cerró la puerta.
Yo sentado ahí, observando un poco el ambiente, había prendas sueltas por el salón, esperaba que fueran limpias, la mesa de comedor, con cosas sobre ella. En fin, creo lo normal en una persona soltera.
Pasarían unos 10 minutos y al salir del baño, solo cubierta con una toalla, su aspecto cambió por completo. Su rostro limpio, los cabellos oscuros resaltaban su belleza femenina, donde había quedado la chica que pedía, pensé en ese momento.
Ya eran casi la una de la mañana y para ella parecía que el día recién empezaba.
Uf, que ganas de darme una ducha.
Vaya, estarás mas fresquita seguro.
Si la verdad es que sí. Ahora vuelvo.
Al regresar de su habitación, había un cambio notable, aquella chica desalineada había quedado en el cuarto de baño.
Espera que arreglo un poco el sofá, no puedo dejar la ropa fuera, acá hay mucho travieso, veo mis camisetas a todas las chicas del edificio.
En serio, y no les dices nada.
Me canse de discutir. Ahora vivo tranquila y sin molestar a nadie.
Es lo mejor. Quieres que te ayude en algo. Veo que tienes unos escombros en la cocina.
Ah esos, vinieron a reparar no sé qué, y me querían cobrar por tirarlos a la basura.
Déjalo, si quieres vengo otro día y los tiro.
Ya veremos, gracias de todas maneras.
¿Vives sola?
Te refieres a si tengo pareja, no.
Hijos, nietos.
Que hablas, anda bebe, nietos dice.
—Era la primera vez que la veía sonreír despreocupadamente.
¿Por qué regresaste?
Ah, no sé, pensé que podría ayudar, curiosidad quizás. ¿Se gana mucho?
Estas de coña no, no lo intentes, es una mierda. La gente te mira con desprecio, se creen mejores que uno, me gusta ver sus reacciones cuando me acerco y les pido una moneda.
¿Pero por qué lo haces?
¡No pido siempre eh! Pero a veces me entra ese bichito por saber qué pasa hoy con las personas. Además, en ocasiones me apetece tomarme algo gratis.
Tienes cojones para hacerlo. ¿Tu madre lo sabe?
Ella hace mucho que pasa de mí.
—Rocío terminó de recoger la ropa que había sobre el sofá y la acomodó entre sus brazos.
Ahora sí, esto ya parece una casa. No te ofrezco nada, no esperaba visita y tampoco me dio tiempo de ir al súper.
No te preocupes. Cuando quieras que me vaya, me lo dices.
Cuando quieras irte, te vas. Ahora vuelvo, voy a dejar esto en la habitación.
La observé desaparecer por el pasillo. Por alguna razón esperaba que volviera pronto.
El silencio comenzó a hacerse notar. Miré alrededor. La mesa desordenada, las paredes que pedían una mano de pintura, el eco lejano de algún vecino. Me pregunté qué hacía allí. Qué me había llevado a regresar sobre mis pasos en la salida del metro. Qué me había impulsado a seguir conversando con una desconocida hasta terminar sentado en su salón.
Cuando volvió, un ligero aroma a perfume llenó la habitación.
Se dejó caer a mi lado en el sofá, abrió la última bebida y dio un pequeño sorbo.
Yo seguía intentando descifrarla.
¿Dónde había quedado la chica que pedía monedas?
La mujer que habla inglés.
La hija que apenas mencionó a su madre.
La desconocida que, sin saber cómo, había conseguido despertar mi curiosidad.
Y mientras ella observaba distraída la lata entre sus manos, yo seguía preguntándome quién era realmente Rocío.
Continuará...
Gracias por llegar hasta el final.
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