Después de aquel episodio con la nota de Jorge Martin, Fabia y yo decidimos algo importante: hablaríamos de todo. Lo que me sucediera a mí, ella quería saberlo.
Conversamos sobre los videos, el nombre en el post-it. Yo quería que sepa que es lo que sentía y cuál era mi intención con todo lo que ahora me sucedía.
Ese tema extraño de la retro eyaculación, la idea de que los hombres desperdiciamos una energía enorme cada vez que eyaculamos sin evaluar el desgaste físico y energético.
Quería entender si esa energía podía canalizarse, reutilizarse, aprovecharse, decían que había otra forma de vivir el placer.
Mis investigaciones —por decirlo de alguna manera— terminaron dejándome bastante expuesto.
Y en cierto modo, agradezco que haya sido así.
Ahora Fabia sabía lo que estaba pasando por mi cabeza. Y el camino apenas comenzaba. Aquella conversación se cerró de la forma más natural posible.
Terminamos en la cama. Debo admitir que fue extraño al principio. Para los dos.
Mientras ella cabalgaba sobre mi erecto pene, recordé que si me presionaba con los dedos en la base media, con cierta firmeza, podía contener las ganas de terminar pronto. Lo intenté y empezó a funcionar.
Cada vez que la excitación subía demasiado rápido, presionaba ese punto. Y la sensación retrocedía. Era algo completamente nuevo: un alivio, una fuerza que subía y bajaba, algo indescriptible para una persona normal como yo.
Ella y yo moviéndonos juntos, y mi mano presionando mi propio sexo mientras nuestros cuerpos se compenetraban, más y más.
Sentía su humedad desbordarse, el aroma tan placentero que había en el ambiente, era un nuevo comienzo. El agitar de su cuerpo contra el mío, por momentos olvidábamos completamente el experimento.
Simplemente disfrutábamos.
Aunque debo reconocer que mi mente seguía concentrada en una cosa: retener ese momento. Duré más de lo habitual. No entrare en detalles, pero ambos quedamos satisfechos. Sin embargo, lo que más me sorprendió fue otra cosa.
No eyaculé. Pero si sentí el orgasmo.
Sentí esa descarga intensa querer salir expulsada. Pero nada salió de mí.
La primera vez fue extraña. La segunda, menos tensa. Para la tercera, casi lo habíamos olvidado. Los dos días siguientes del fin de semana fueron simplemente… magníficos.
Fabia empezó a entender lo que yo buscaba. Y para mi sorpresa, parecía disfrutarlo también. La noche antes de volver a su ciudad me dijo algo que me dejó intrigado.
Ahora te toca a ti descubrir lo que yo hago en mis ratos libres. —dijo con una media sonrisa.
No quiso explicar nada más. Aquello me dejó pensando. Durante toda la semana no volvió a mencionar el asunto.
Entre reuniones, una avería en la fontanería del piso, un pinchazo en la rueda del coche y el bloqueo inesperado de mi tarjeta de ahorros, los días pasaron rápido.
Hasta que finalmente llegó el fin de semana.
Al bajar del tren la vi esperándome. Había en su rostro un leve nerviosismo. Pero también esa sonrisa que siempre me hacía sentir en casa.
Al entrar en su piso todo estaba perfectamente ordenado.
Nada que ver con el caos que ella había encontrado en el mío la última vez. Comimos juntos. Dormimos una pequeña siesta. Y poco a poco las ganas de buscarnos volvieron a aparecer.
Primero se sentó a mi lado. Me miró en silencio. Había algo extraño en su expresión.
—Vamos, dime qué sucede —le dije.
—¿Seguro que quieres saberlo?
Respiré hondo.
—Sí, Fabia. Dímelo.
Ella se levantó sin decir nada.
Caminó hasta la cómoda de su habitación. Abrió el último cajón. Y entonces vi lo que había dentro; Dos consoladores con forma de pene, uno más grande que el otro. También había vibradores. Uno sencillo, otro con dos extensiones.
Me quedé completamente quieto.
La garganta se me cerró por un instante.
—¿Estás bien? —preguntó ella con suavidad. Prefería que lo supieras por mí. —dijo.
Los segundos pasaron lentamente.
No esperaba encontrar algo así. Y mucho menos viniendo de ella.
—¿Qué opinas? —insistió Fabia. Dime algo, por favor.
Ahora entendía algunas cosas: ¿berenjenas en la cocina?, la bicicleta estática libre de ropa… pero descubrir aquel nivel de intimidad de Fabia me dejó sin palabras. No convenía dramatizar; ella estaba confiando en mí. La abracé con ternura, dejando que su cuerpo se apoyara en el mío.
—Estoy bien cariño —susurré, mientras la besaba suavemente, con cuidado de no romper aquel instante.
—Seguro —respondió, y un suspiro suyo se oyó en la habitación, estremeciendo nuestros sentidos.
El deseo volvió a nuestros cuerpos con un ritmo más lento, más íntimo. Lucía radiante en su vestido floreado; la tela se deslizó suavemente mientras mis manos acariciaban su espalda, descubriendo la curva de su cintura. Cada roce era un pequeño recordatorio de que estábamos solos, y que ese momento nos pertenecía.
Nos dejamos caer sobre la cama, y el contacto de piel con piel era eléctrico. Su respiración se mezclaba con la mía, y cada suspiro suyo me guiaba, me decía cómo seguir. Recordé la presión en la base media de mi pene, un gesto que ya conocía, y Fabia, curiosa, sugirió intentarlo por primera vez. Surgieron risas suaves ante la torpeza, y esa mezcla de diversión y deseo hizo que el tiempo pareciera detenerse.
Cada movimiento era un lenguaje silencioso entre nosotros: la forma en que su mano rozaba mi miembro, cómo sus dedos se entrelazaban con los míos, la manera en que sus ojos buscaban los míos mientras nos movíamos al compás de la intimidad. La tarde se volvió una danza lenta, de tacto, de calor y de suspenso, donde no necesitábamos palabras para entendernos.
Una nueva sensación de haber alcanzado el punto máximo del clímax llego a mí, ella ya estaba más que satisfecha, brillaban sus ojos de tanto placer, su cuerpo se había relajado completamente.
Mientras secábamos nuestros cuerpos traspirados, en medio de aquella armonía, Fabia rompió el silencio con una pregunta directa, suave pero firme:
¿Quieres que juguemos con alguno de mis juguetes?
No especificó cuál ni cómo, solo dejó la invitación flotando en el aire. Mi mente se aceleró un instante, mientras una sonrisa de complicidad cruzaba su rostro. El deseo estaba presente, palpable, y al mismo tiempo, la curiosidad por lo que vendría añadía una nueva capa de tensión.
Mientras procesaba su propuesta, recordé a Jorge Martin, ¿sería esta la ocasión? para una nueva consulta. Dos mundos de deseo y descubrimiento convergían en aquella habitación.
El misterio del próximo encuentro prometía nuevas sensaciones… y quizá también nuevas respuestas.


