Después de aquella primera curiosidad sobre su propio cuerpo, la historia se adentra en lo que no siempre se dice en voz alta: dudas, secretos y pequeñas exploraciones que cada uno guarda. Cuando Fabia llega inesperadamente a casa, se destapa el misterio, confidencias y descubrimientos que transforman la rutina en un espacio de intimidad y reflexión.
El secreto está descubierto, aunque nunca fue realmente oculto; Fabia simplemente no estaba enterada de la situación. Mientras ella se asombra, él mantiene en silencio el descubrimiento de nuevas sensaciones, guardando para sí la curiosidad y el placer que aún no se atreve a confesar.
Una historia sugerente y reflexiva sobre la curiosidad, la comunicación y la conexión que nos permite descubrir más de nosotros mismos… y de quienes amamos.
Cuando llegué a casa algo no encajaba.
La sala-comedor, que suelo utilizar como un vestuario improvisado, estaba completamente recogida. El sofá cama despejado, sin camisetas ni pantalones abandonados sobre el respaldo. Incluso la mesa de centro estaba limpia.
Me quedé quieto en la puerta.
—¿Fabia? —llamé.
No hubo respuesta.
Avancé unos pasos, observando aquel orden casi sospechoso. Entonces vi un bolso de mano colgado en una de las sillas. Sonreí al reconocerlo.
Había llegado.
—¿Fabia? —volví a decir, esta vez con una sonrisa más evidente.
Fui hasta la habitación. Su maleta negra estaba sobre la cama, que seguro por la prisa había dejado abierta. Algunas prendas suyas ya descansaban en los cajones de la cómoda blanca.
Eso solo significaba una cosa: había estado allí un buen rato. Pero ella no estaba.
No tardó en aparecer.
Escuché la puerta y, al girarme, la vi entrar con una bolsa en la mano.
—Bajé a comprar algunas cosas —dijo con naturalidad—. No tenías nada en la nevera.
No pude evitar sonreír.
Nos acercamos y nos abrazamos como si hubieran pasado meses desde la última vez que nos vimos. Su cuerpo contra el mío tenía esa complicidad que no necesita explicación.
Nos besamos.
El beso empezó suave, pero la distancia acumulada hizo el resto. En cuestión de segundos ya estábamos riendo, tropezando entre zapatos, dejando caer la maleta y las prendas sobre el suelo.
La cama crujió bajo nuestros cuerpos.
Fue un reencuentro sin prisas, sin palabras innecesarias. Solo piel, respiración entrecortada y la emoción de volver a los brazos del otro.
Nos habíamos hecho falta.
Al cabo de unos largos minutos, cuando todo terminó, quedamos en silencio, recuperándonos, acariciándonos suavemente.
Fue entonces cuando Fabia habló.
—Tenemos que hablar.
No lo dijo como un reproche. Tampoco era una acusación. Su tono era sereno, casi curioso.
Me incorporé un poco, apoyándome sobre un codo.
—¿Sobre qué? —pregunté intrigado.
Ella extendió la mano hacia la mesilla de noche, y sacó algo de debajo de una libreta de apuntes.
Un post-it amarillo.
Lo sostuvo entre sus dedos durante unos segundos antes de mostrármelo.
—Sobre esto.
Leí el nombre y sentí un frío palpitar en el estómago.
Jorge Martín, especialista.
Me senté en el borde de la cama.
Durante unos segundos no dije nada.
Sentí como Fabia me observaba con atención, estudiando mi reacción.
—Lo encontré en el escritorio —dijo—. Además de eso, vi una paginas abiertas en el ordenador.
Tragué saliva.
¿Viste… todo? —Pregunté, intentando saber qué era exactamente lo que había visto.
—Lo suficiente. —dijo ella, casi sin inmutarse.
Su voz no tenía dureza. Lo que había en su mirada era algo diferente.
Curiosidad.
—Habían varios vídeos —continuó—. Todos relacionados a casi lo mismo.
Hizo una pequeña pausa, respiró hondamente antes de decirlo.
—Retro eyaculación. ¿Te sucede algo? —dijo mientras una de sus manos se apoyaba cálidamente sobre mi espalda.
Bajé la mirada un instante.
No sabía si intentar explicarlo o simplemente dejar que pensara lo que quisiera.
—¿Quién es Jorge Martín? —preguntó finalmente.
Ahora yo respiraba hondo.
—De qué lo conoces, no me habías hablado de él nunca.
Fabia inclinó ligeramente la cabeza. Leyendo nuevamente el post-it
—¿Especialista en qué?
La verdad es que no sé por dónde empezar, estuve hablando con él hace unos días.
Sus ojos se entrecerraron con interés.
—¿Y te ha recomendado que veas esos videos?
Me quedé unos segundos en silencio antes de responder.
—Porque me he quedado asombrada. —dijo ella.
Fabia no me apartaba la mirada.
—¿Vamos cariño, me vas a responder?
Me pasé ambas manos por el rostro, intentando ordenar mis ideas.
Necesitaba respuestas. —respondí. Una cosa llevó a otra… noches solo, vídeos, dudas.
Fui directo. Tal vez demasiado.
—¿Pero qué tipo de respuestas?
Sobre el cuerpo… sobre cómo funciona realmente. Sobre cosas que nunca nos explican cuando somos jóvenes.
Ella guardó silencio, esperando.
Descubrí algo en mi manera de excitarme —continué—. Una sensación distinta, una curiosidad nueva… y quise entender qué me estaba pasando.
Fabia apoyó la espalda contra el cabecero de la cama.
—¿Y por eso esos vídeos?
Asentí.
Sí. Parte curiosidad, información. Quería entender mejor lo que estaba viendo… y por eso busque un especialista, no tenía con quien hablar del tema.
Fabia tomó el post-it y lo giró entre sus dedos.
—Es curioso —dijo finalmente—. A las mujeres nos hablan mucho de nuestro cuerpo… pero a los hombres casi nunca les enseñan nada.
Levanté la mirada. Exacto.
Hubo un pequeño silencio entre los dos.
No era incómodo.
Era el silencio de algo que todavía no había terminado de decirse.
Fabia dejó el post-it sobre la mesilla.
Luego volvió a mirarme.
—¿Entonces creo que es hora?
¿De qué? —pregunté casi dudoso, lo más triste que se me venía a la cabeza en ese momento, era una ruptura sentimental, y antes de yo pronunciar palabra alguna, dijo.
—Que hablemos de lo que sucede.
Sus palabras quedaron suspendidas en la habitación.
Tuve la sensación de que aquella conversación… apenas estaba comenzando.
Fabia me miró durante unos segundos.
Y entonces sonrió.
—¿Pensé que era solo yo, quien necesitaba hablar sobre estos temas?
Gracias por llegar hasta el final. 😊









