Esta mañana al despertar, con la almohada entre mis piernas, un suave cosquilleo recorrió mi cuerpo, de manera automática bajé mis manos y suavemente me acaricié por encima de las bragas. Temblores placenteros me sacudieron completamente, intente no prestar mucha atención a lo sucedido, pero mis dedos se habían aferrado al encaje. La temperatura en mis mejillas lo demostraban, me había acalorado, se me secó la garganta haciendo que tosiera de manera absurda.
En ese momento cuestioné mis ideas, mi razonamiento, me costó despegarme de las sabanas calientes que cubrían mi cuerpo, esto no me había pasado antes. Tener a mi lado a una pareja, ¿Acaso, ya no me satisfacía? no era suficiente para ahogar estas emociones que ahora rondaban mi tranquilidad ¿Cuándo fue la última vez? Ya no quiero mirar el calendario marcado con noches insatisfechas, momentos de supuesta pasión que al final, solo satisfacían sus necesidades.
Un roce discreto, fue lo que dio inicio a una oleada de emociones calientes en mi interior, el tiempo que llevo sin sentir su piel sobre la mía, hace que sienta estos deseos por entregarme de manera completa, sin ataduras.
Al levantarme de aquel canapé, pisar el suelo frio, volví a la realidad, en la práctica estaba acompañada, pero en la cama me sentía completamente sola ¿Debía seguir así? no lo sé, quizás solo era cuestión de tiempo, algo debía de hacer para cambiar esta insatisfacción. Hasta este momento, una gran pena me invade, vergüenza quizás por sentir deseos prohibidos, os contaré lo que sucedió después de estos minutos.
Me vestí con desenfado, una coleta en el cabello, mejillas con rubor, ojos delineados de negro y labios con brillo, sujetadores fuera, bragas color negras, un vestido rojo entallado a mi delgado cuerpo y zapatos de tacón alto.
La verdad es que me sentía divina, capaz de frenar el tráfico si a si me lo propusiera. Caminé hacia la estación del metro, para mi inevitable realidad era un día lunes, lo supe de inmediato por la cantidad de gente esperando en el andén.
El poco espacio que había dentro, era el suficiente para no estar encima de nadie, la mayoría absortos en sus móviles, en tratar de cerrar los ojos y dormir un minuto más, cada quién en sus ideas y pensamientos. La siguiente parada no fue la excepción, los pocos que bajaron nos permitieron un breve estiramiento.
En esta parada subió un chico, vestía traje a medida, barba recortada y cabellos recién peinados, casi de inmediato se posicionó a mi lado, frente a frente, su aroma masculino inundó el ambiente, un aire de elegancia despertó mis emociones, el último muchacho en bajar del vagón de forma apresurada, hizo que yo me girase, de tal manera que terminé de espaldas a este, lo que originó que su pecho quedara sobre mi espalda.
La aceleración del tren hace que retrocedamos, chocar contra su pecho hizo que de manera casual arqueara mi espalda y situé mis caderas sobre su pelvis, lo que sentí en aquel tirón me sonrojó de manera maliciosa, lo único que hice fue morder mi labio inferior y contener el escalofrió que me sacudió de arriba abajo.
A mí, estos vaivenes me hicieron sentir diferente, una sensación de vigor me apuntaba, advertí que algo llamaba a las puertas de mi retaguardia.
Creía saber lo que pasaba, la erección en sus pantalones eran causados por estos movimientos, callé mis ideas, debíamos de movernos al ritmo de los rieles, yo me sentía observada pero miraba a mi alrededor y cada quién llevaba la mirada adormecida, a nadie parecía importarle. Estos movimientos no me molestaban, todo lo contrario esa es la verdad, intentaba alejarme de manera discreta, alejar mis nalgas de aquella erección pero no podía, en cada movimiento era más descarado nuestro juego.
Mi respiración empezaba a entrecortarse, mi mano sujeta a un lado de la puerta, mientras la otra, contenía los gestos de placer en mi rostro, me excitaba, mi eventual compañero parecía disfrutar de las curvas, en cada frenazo cogíamos ritmo. De manera discreta nos mirábamos por el reflejo del vidrio, no hacía falta decir nada, si hubiéramos dicho una palabra creo que se habría terminado todo.
Disfrutábamos de manera placentera, yo me había entregado por completo, cada curva me servía para guiarlo, una pícara sonrisa se esbozaba en mis labios ¿Me aprovechaba de esta situación?. El vestido de seda se había acoplado a mis caderas, debo asumir con total descaro que mi braguita húmeda, ya molestaba entre mis piernas, mis pechos totalmente excitados, delante de mí alguien llevaba una mochila y sobre ella restregaba mis erectos pezones.
El viaje, que en su trayecto normal dura dos veces la canción 19 días y 500 noches, fue el tiempo perfecto para dejarme relajada, me fui de manera silenciosa, me deje llevar, correrme sin que se dieran cuenta, mis piernas intentaban mantenerse firmes. La sensación de placer fue algo indescriptible, solo sé que me estremecí, tanto que en el último espasmo, me deje caer sobre la mochila de aquel señor, fue excitante terminar de esta manera, de pie y ante tanta gente, placentero a la vez, esto fue algo que jamás me lo hubiera imaginado.
Al llegar a la estación, salimos cada quién por su lado, mis piernas temblorosas caminaban hacia las escaleras que daban a la salida de la calle Estela Gozo, mi mente intranquila por lo sucedido, mi cuerpo con ganas de mas, algo me pedía parar y mirar quien había sido el cómplice de este momento, ya al subir los primeros peldaños, pudo más el interés por saber algo más de aquel personaje, voltear sobre mis hombros, me dejó la visión de este, a un lado de las papeleras con la mirada bajo su cintura, ¿Se habrá corrido, igual que yo?






